El capricho cacereño de aprender japonés en Tokio mientras la frontera caía: la soberbia de Diego Rubio, el catovi de Moncloa, ante la tragedia de Ceuta

HAY currículums que son una demostración de fuerza y currículums que son, sobre todo, una coartada; el de Diego Rubio Rodríguez ha resultado ser las dos cosas a la vez, aunque solo se ha sabido bien cuál pesaba más cuando la frontera sur de España se puso a contar cadáveres. Mientras la ciudad autónoma de Ceuta colapsaba bajo una avalancha humana sin precedentes y más de 100 personas perdían la vida ahogadas o aplastadas en las inmediaciones del espigón marítimo del Tarajal, el epicentro del poder estatal operaba con esa distancia elegante de quien se cree, y no sin motivo, inmune a la realidad material. Al frente de aquel despacho —el Gabinete de la Presidencia del Gobierno— seguía, y sigue, el propio Rubio, cuyo ascenso meteórico ha coincidido, con una puntualidad que ya nadie termina de explicarse, con la mayor crisis de seguridad fronteriza de los últimos años. Con las alarmas encendidas y las llamadas de auxilio multiplicándose desde la costa norteafricana, las prioridades del estratega no estuvieron, al parecer de sus críticos, en movilizar recursos de emergencia ni en convocar gabinete de crisis alguno, sino en sostener su viaje a Japón, donde cumplía el empeño personal de aprender el idioma nipón mientras, según defiende Presidencia, seguía la situación por teléfono. Seguir una tragedia por teléfono desde Tokio: ahí queda esa imagen, sin que nadie tenga que forzar nada, para cualquier tratado futuro sobre la distancia entre el poder y la calle.

El catovi de manual: la pose aristocrática de quien olvida de dónde viene

Para entender la liviandad con que se despacharon los avisos desesperados de la frontera conviene demorarse antes en la idiosincrasia de su principal gestor, y en Cáceres esa idiosincrasia tiene nombre: catovi, mote con el que la ciudad bautiza desde siempre a quien se comporta como si perteneciera a una casta superior aunque el árbol genealógico no dé, ni de lejos, para tanto. Nacido en Cáceres en 1986, hijo de un fisioterapeuta conocido en los ambientes del baloncesto local, Diego Rubio Rodríguez no heredó palacio ni apellido de la nobleza extremeña: heredó, eso sí, el gesto. Cursó las primeras letras en un colegio religioso de monjas de la ciudad y el instituto en la pública, itinerario de clase media sin sobresaltos que hace todavía más llamativo —y más elocuente— el aplomo aristocrático con el que hoy despacha a los mandatarios de las ciudades pequeñas, Ceuta entre ellas.

Porque el mérito, que lo hubo, y notable —el mejor expediente de Historia del país, becas allí donde llamó a la puerta—, se le fue torciendo por el camino, engordando y agriando, hasta cuajar en soberbia. El cacereño de colegio de monjas y estudios públicos que se ganó a pulso su sitio en los seminarios de la élite anglosajona volvió de aquel largo periplo con el aire de quien siempre estuvo ahí, de quien nunca tuvo que ganarse nada:

  • Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, con uno de los mejores expedientes académicos del país.
  • Máster en la École Normale Supérieure de Lettres et Sciences Humaines, con un año de estudios en la Universidad Sorbona-IV de Francia.
  • Investigador invitado (visiting fellow) en Columbia University, en Estados Unidos.
  • Doctorado (DPhil) por la Universidad de Oxford, en el Reino Unido.
  • Conferenciante e investigador posdoctoral (junior research fellow) en la propia Universidad de Oxford.

Ese currículum incontestable en los papeles sirvió para apuntalar a su alrededor el aura del «chico de oro» de la intelectualidad teórica. Sin embargo, quienes trataron de cerca al cacereño tras su desembarco en las altas esferas madrileñas no tardaron en advertirle el reverso de la medalla: un perfil marcadamente narcisista, de trato distante, aderezado con esa autosuficiencia de quien, sin haber nacido en cuna de oro, ha decidido comportarse como si lo hubiera hecho —el catovi, no se olvide, no es quien lo es de sangre, sino quien mejor lo interpreta. La misma persona que hoy denuncia la «segregación» de la enseñanza concertada pasó, de niño, por las aulas de un colegio religioso privado: la memoria, cuando conviene, también es selectiva, y la selección, un privilegio de clase.

De la docencia en la escuela de negocios al círculo de poder de Moncloa

Tras concluir su periplo formativo en las instituciones anglosajonas, Diego Rubio Rodríguez recaló en Madrid como profesor de Historia Aplicada y Gobierno en el exclusivo entorno de IE University. Allí fundó y dirigió el Center for the Governance of Change, laboratorio de ideas pensado para las élites económicas y corporativas globales, no para los ayuntamientos que después tendría que atender —o desatender— por teléfono.

El salto a la política institucional no se produjo, y esto también dice algo, por la vía de la militancia de base en las agrupaciones territoriales de España, sino mediante una incorporación directa: en 2019 se sumó al entorno de Moncloa por elección personal de Pedro Sánchez.

En febrero de 2020, con apenas 34 años, el Consejo de Ministros creó a su medida la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo, y lo situó directamente al frente. Su cometido consistía en anticipar los escenarios críticos, evaluar las tendencias demográficas y diseñar el futuro de la nación a varias décadas vista, labor que cristalizó en el plan estratégico España 2050. Mientras en las terminales políticas se le vendía y revendía como un prodigio de la planificación estratégica, las voces más críticas del propio aparato gubernamental veían en él una figura teórica desconectada de la administración real, cuya función principal era dotar de barniz intelectual a las decisiones coyunturales del Ejecutivo.

En noviembre de 2023, su poder orgánico dio un salto cualitativo al ser designado secretario general de Políticas Públicas, Asuntos Europeos y Prospectiva Estratégica. Finalmente, el 5 de septiembre de 2024, se confirmó su nombramiento como director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. El académico que nunca se presentó a unas elecciones se convertía así, sin urnas de por medio, en el hombre fuerte de la sala de máquinas del Estado.

La consagración del engaño político como objeto de estudio

Uno de los aspectos más reveladores —no el menos inquietante— de la trayectoria de Diego Rubio Rodríguez radica en el objeto mismo de sus desvelos académicos. Su investigación doctoral en la Universidad de Oxford se centró en la anatomía y la ética del engaño en el ejercicio del poder, en cómo la simulación y la mentira han operado como herramientas vertebradoras, que no accesorias, de la modernidad política.

Para muchos observadores, aquel estudio teórico no tardó en resultarle providencial dentro del palacio presidencial. En una atmósfera política donde la supervivencia parlamentaria exige reescribir relatos de la noche a la mañana, el asesor cacereño encajó a la perfección, como quien vuelve a casa. La habilidad para justificar virajes retóricos y encubrir fracasos mediante fórmulas abstractas blindó y prolongó la posición del jefe de Gabinete. La pericia para discurrir sobre la ética de la falsedad política ha demostrado ser, sin embargo, bien poco útil a la hora de gestionar la dureza irreductible de una catástrofe humana sobre el terreno: ni la mejor tesis sobre el engaño enseña a devolver una llamada a tiempo.

Las advertencias de Juan Jesús Vivas y la desconexión estival de Tokio

El choque frontal entre la ficción de los despachos y la realidad de los hechos se produjo a finales de julio. La ciudad de Ceuta comenzaba a experimentar una presión migratoria asfixiante, con miles de personas aproximándose a la frontera en condiciones de extrema vulnerabilidad. Consciente del colapso inminente que se avecinaba, el presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vivas, activó todas las líneas de comunicación urgentes con la capital del país.

Vivas trasladó la gravedad de la situación a Diego Rubio Rodríguez el 27 de julio, llamándole hasta cuatro veces sin obtener respuesta inmediata; cuando el jefe de Gabinete finalmente contestó, le trasladaron que estaba siendo «un plasta» con su insistencia. (Presidencia lo niega, que conste.)

Lo que sí ha trascendido, y no ha sido desmentido, es que desde el entorno de Moncloa se describió lo que ocurría en la frontera como «una tormenta de verano», expresión que retrata por sí sola el nivel de prioridad que mereció la crisis en plena temporada vacacional. Para el catovi de manual, las urgencias de Ceuta no fueron motivo suficiente para adelantar el regreso de un viaje a Japón motivado por su interés personal en el idioma japonés: ni siquiera un espigón cubriéndose de cadáveres pareció mérito bastante. Mientras el espigón fronterizo comenzaba a teñirse de tragedia, el jefe de Gabinete permanecía en Tokio, siete husos horarios por delante de Madrid, atendiendo —según defiende su propio entorno— la situación por teléfono.

Los datos que rodean aquella crisis describen una magnitud desoladora:

  • Más de 100 personas murieron ahogadas o en el colapso humano de la línea fronteriza, según los recuentos más elevados que manejan las organizaciones que han seguido la crisis sobre el terreno.
  • Ceuta sufrió una de las mayores presiones migratorias de su historia reciente.
  • Vivas sostiene haber emitido avisos reiterados a Moncloa entre finales de julio y el 31 de julio, y ha trasladado esos avisos a la instrucción judicial.
  • Cientos de agentes policiales y miembros de la Guardia Civil operaron desbordados en primera línea.

La instrucción judicial que la prospectiva de Moncloa no supo prever

La magnitud del drama humano, y la controversia sobre si existían alertas previas desatendidas, han activado los mecanismos judiciales. En la Audiencia Nacional, la magistrada María Tardón instruye el caso, tras haber asumido la competencia por presuntos delitos contra los derechos de los ciudadanos extranjeros y homicidio imprudente, además de investigar el papel de las autoridades marroquíes en la gestión del paso fronterizo. El pleno de la Audiencia Nacional ha respaldado su actuación frente a las críticas recibidas desde el Ministerio del Interior, señalando que actuó en el ejercicio de sus funciones.

Mientras figuras del Consejo de Ministros como la titular de Defensa, Margarita Robles, han tratado de distanciar a sus departamentos de cualquier decisión operativa sobre el dispositivo fronterizo, las miradas apuntan al Ministerio del Interior, encabezado por Fernando Grande-Marlaska, y a la propia dirección del Gabinete de Presidencia. La instrucción deberá determinar qué margen de decisión tenía realmente cada instancia y si hubo dejación de funciones ante los avisos recibidos —algo que, mientras el procedimiento sigue abierto, corresponde establecer a los tribunales, no a este periódico dar por probado.

El experto en pronosticar los retos de la nación hacia el año 2050 no supo anticipar, ni de lejos, el alcance político de sus propias vacaciones. La combinación entre el desapego de quien se sitúa por encima de la urgencia ajena, el cinismo de haber teorizado sobre el engaño como arte de Estado y la frivolidad de prolongar un viaje a Japón mientras se desataba una crisis humanitaria con decenas de muertos retrata, a la espera de lo que determine la Audiencia Nacional, un estilo de gobernanza donde la comodidad personal pesó, todo indica, más de lo debido frente a las llamadas de auxilio de una ciudad entera. El catovi, se dice en Cáceres, siempre encuentra la manera de estar en otra parte cuando llega la hora de responder; solo faltaba comprobar hasta dónde.

Redacción. A 20 de septiembre de 2026.

Noticias relacionadas

error: Content is protected !!
Scroll al inicio